Del partido al partidismo
| Escrito por Juanmi Armuña | |
Girondenses insultan a ceutíes.
A las puertas de Cataluña ya se veían señas de rabia cuando por una de las lunas del autocar se veía una bandera de España. Hasta una trabajadora del peaje se permitió el lujo de extender su dedo corazón para advertir de lo que los ceutíes se iban a encontrar en Girona, un ambiente hostil.
Las solitarias calles girondenses a las once de la mañana daban una imagen de ciudad tranquila, aunque contrastaba con las pintadas en la sede del PP -no seré yo quien defienda las siglas de esta formación política, antes me paseo por la calle con mi bandera de South Park, pero hay que dejar claro que la libertad de creencias y de militancia no puede quedar empañada por un par de niñatos que descargan en la calle los palos que encuentran en casa-. Insultos que caían por las ventanas, de los cuales sólo se podía entender: “Como no te escondas esa bandera de mierda la voy a quemar”. Por cierto, yo creía que los insultos se habían inventado para descargar tensiones y no tener que echar mano a las manos -valga la redundancia- para solucionar las diferencias. Pero con insultos como “fils de put” se queda uno como si se comiera una ensalada y una loncha de jamón de york después de tres días sin comer. En este caso, hay que decir que el castellano es sabio, porque con dos “hijos de puta” se queda uno relajadísimo. Lo mismo pasa con las palabras “desgraciado” o “bastardo” que, si encima se les da un acento andaluz, son más eficientes que una valeriana. Hay que dejar claro que no todo el mundo es así. Posiblemente cuando pase el tiempo recuerde mejor a ese viejecito que encontramos vestido con los colores de su equipo, o a aquella mujer que con un disfraz de lunares rojos y la cara pintada se fotografió conmigo a las puertas del Montivili. También fueron bonitos recuerdos los que se vivieron al pasear por Girona, cuando los ancianos nos deseaban suerte y nos apretaban la mano con una sonrisa de oreja a oreja para decirnos que había hecho la mili en el Monte Hacho -pena que sólo se recuerde a Ceuta en el ámbito militar-. De camino a Montivili un grupo de girondenses con aspecto de Action Man intentaba increpar a un grupo de ceutíes que, con sus banderas de España, se dirigían a ver el partido más importante de los últimos 29 años. Un momento de tensión al pensar que a este tipo de personas les da igual mancharse las manos por unas ideas que ni ellos mismos saben hacia dónde van. Cabezas rapadas, tatuajes de calaveras y demonios, y banderas con la esvástica era la imagen de jóvenes sin personalidad y que incluso se enfrentan a los Mossos d’Esquadra por defender algo que no sienten, sino que se les ha inculcado desde pequeños. Quizás el control exhaustivo establecido en la puerta de la zona en la que se ubicó la afición ceutí -momento en el que me hubiera gustado ser bisexual para disfrutar del instante en el que un vigilante atractivo, que no un policía, me toca las piernas y llega hasta el trasero- debía estar en otra zona del campo, donde una bandera de España desata la ira de unas personas cuyas vidas deben estar muy vacías para sentirse orgullosos de realizar actos vandálicos. Antes de comenzar el encuentro, un individuo salta al terreno de juego, se acerca a la grada donde están situados los ceutíes y arranca de la valla una bandera roja y gualda. Como si del juego del pañuelito se tratara, el individuo se retira trotando hacia el resto del grupo ultra y un vigilante hace como el que le persigue y no llega a tiempo. Al llegar a su destino, la bandera es pisoteada por un grupo de energúmenos que ríe y se siente orgulloso de tal acto. Momentos después, un vigilante que había impedido que quemasen la bandera, se la devuelve al aficionado caballa. Al final del encuentro, consiguieron lo que querían, pero para seguir insultando y restregando el ascenso a un grupo de seguidores que sí había atravesado España para ver a su equipo. En vez de celebrar con los jugadores el ascenso, se dedicaron a insultar, escupir y tirar objetos a los ceutíes. El viaje de vuelta no fue alegre, pero sí bonito. No olvidaré los tres días junto a ‘Tomatito’ y su buen humor, tampoco los seguidores que nos dieron animos al finalizar el encuentro, ni de aquel anciano disfrazado con los colores del equipo. Sin embargo, aún hay gente que no entiende que la libertad de expresión no debe quedarse en el vientre de mamá -aunque a ellos les pase-. Añoro aquellos partidos en Andalucía donde los seguidores son ‘melenudos’, ya que prefiero el pelo largo a los cabezas rapadas. |
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